Hace mucho tiempo, cierto profesor de artes marciales decía que él era muy bueno y que había competido en varias partes del mundo. Se jactaba de que en su localidad era muy conocido y hasta cierto punto respetado por sus habilidades marciales. Sin embargo, muchas veces sólo utilizó sus conocimientos para presumir y quedar bien ante los demás. Casi nunca daba las clases porque, según él, estaba muy ocupado en otros asuntos y dejaba plantada a las personas, ¿entonces para qué tenía escuela si no la atendía? Lo peor de todo era que nunca respaldaba a sus propios estudiantes. Si llegaban a ir a un torneo y sus alumnos perdían, él decía que perdieron ellos y no él.

En lugar de animar y de entrenar mejor a sus pupilos, de decirles cuáles habían sido sus errores para que los corrigieran y de esta manera se superaran, hacía todo lo contrario. Claro, al final se quedó sin alumnos porque aparte de mal maestro descubrieron que era un mitómano, ya que incluso llegó a inventar historias que, después se descubrió, sacaba de las películas clásicas de artes marciales. Ahora este «maestro» ando tratando de recuperar lo perdido. ¡Demasiado tarde! Quizá pudo haber sido muy bueno en su técnica, pero era pésimo como guía. ¿Acaso es éste el tipo de maestro que uno merece? Pienso que no, puesto que el buen maestro debe ser alguien que sepa guiar a sus alumnos no sólo en el aspecto marcial, sino también en la vida misma.